De nuevo el cantar de un pájaro me recordó que aquello no había sido del todo real. Y es que, dormirse a la sombra de un olmo, después de haberse tomado un bocadillo de tortilla de mi querida madre, qué queréis que os diga, se trata de otro tipo de sueño.
Incorporé mis piernas y por inercia, mi cuerpo respondió. De un salto, y como un dibujo animado, me levanté estirando los brazos a la vez. El bostezo fue de mentira, pero alcé la voz para creérmelo un poco más. Debía continuar, ya que el sol iba a ponerse pronto, y aún me quedaba un buen camino de vuelta a casa.
El descenso por el sendero pedregoso se me hizo demasiado largo. Comencé por intentar acordarme del sueño del que acaba de ser protagonista, pero mis lagunas eran evidentes: "salté por el acantilado y...una bicicleta me recogió al vuelo...yo no daba pedales...y una canción sonaba de fondo...y...y...¿y eso es todo?" Decidí inventar la segunda parte del sueño mientras andaba, pero por más que le daba vueltas al tema, era incapaz de seguir mi historia del "biciclista en caída libre". Un corzo, que se cruzó de pronto en mi camino, hizo que me distrajese aún más, y que me pusiese a pensar en lo triste que fue en su día la muerte de la madre de Bambi a manos de un cruel furtivo.
Le deseé lo peor al insaciable cazador, aquel que rompió más de un corazón infantil y alguno que otro maternal. A posteriori, volví mi cabeza hacia un claro en el que se encontraba un rebaño de vacas, muy bien alimentadas por cierto, y divisé una roca perfecta para sentarme durante mi primer descanso. El sol aún estaba de mi lado, dándome tregua para inventar algo jugoso, ¡Seguro!
Recomencé la historia poniéndole globos de helio atados a la bici, aquello ya parecía algo plausible. ¿Pero, de dónde venía aquella bici? Sabía que meter a Papa Noël entretanto iba a resultar demasiado evidente. Surgió entonces la idea de la cigüeña del pico gigante, que había dejado sus dotes maternales para dar paso a su utilidad más clara: el de transportar cosas, vaya.
De nuevo hice el gesto que significaba volver a caminar, esta vez puse el culo en pompa al levantarme, para darle más inverosimilitud al gesto, y ya de paso, reírme solo. Aligeré bastante el paso pues sabía que la luz no iba a darme muchas más oportunidades de volver en el mismo día. Tuve tiempo hasta de inventar la precuela de mi salto al vacío, y caí en que, finalmente, no era ningún animal el que me perseguía hasta aquel precipicio, sino más bien un espantapájaros el cuál estaba realmente disgustado después de haberle robado su sombrero.
Súbitamente, al pasar cerca de un refugio, no pude apartar la mirada de la puerta del mismo...aquel trozo de papel se parecía mucho a un billete. Mi subconsciente no me engañó esta vez, y efectivamente, lo que había en el rellano eran veinte euros de una sola pieza. En cuestión de un minuto pensé en lo que podía realizar con ese dinero en mi bolsillo...Pero pronto, el ángel que todos llevamos dentro (aquel que va vestido ridículamente de blanco y con alas, pero al que se le quita todo su aquel, cuando ves que tiene tu misma cara, con barba y todo), me cortó y me dijo: "Aún no has acabado de contar tu historia del loco de la bici, y ya estás pensando en qué gastarte ese dinero...¿No te das cuenta?"
Enseguida lo capté, tenía dos opciones para seguir mi camino: pensar en cosas que tuviesen un buen precio (veinte euros no dan para tanto...) o poder pensar en todo lo inalcanzable continuando mi vuelo en bici con globos. Cogí una piedra con base llana, que curiosamente tenía debajo de mis pies, y a modo de sujetapapeles la posé encima del billete sobre el suelo de la puerta del refugio. Siempre había querido gritar en mi interior: "Soñar es gratis" y así lo hice...
Proseguí mi camino hasta llegar a casa anocheciendo, anduve sonriendo todo el tiempo, dándole vueltas a un maravilloso final de mi capitulo o a una historia de nunca acabar...Lo mejor de todo, es que cualquiera puede imaginar lo suyo, ¡Y siempre gratis!